Viernes, 16 de enero de 2015

Cabo Corrientes, Jalisco.- Cincuenta y dos kilómetros hay que manejar para comprar pan casero del Tuito, recién salido del horno de doña Martha, quien me orienta sobre la ubicación de la panela oreada (hedionda y reseca) -pasando el corredor, a la izquierda, dice. En la casa de doña Martha terminaba el desayuno a las 10 de la mañana, sobre la mesa yacían sobre los “muertos” la carne seca, queso fresco sobre frijoles y café de olla (peltre, pero olla) que aromatizaba el ambiente motivaba a la doña para encender la batidora en la que procesaría la masa de las galletas con olor a vainilla que perfumarían el carro los próximos 44 kilómetros de camino hacia Tehuamixtle.

¿Cómo llego a Tehua?. -Baje pa abajo, vaya recto y topando dele pa la izquierda, de allí se va derecho hasta donde vea el letrero, primo. Así se ubica uno en el Tuito, preguntando y ocasionalmente adivinando la ruta, con orientación felina y buena suerte llegará a Mayto, después a Tehuamixtle.
“Tehua“ es famoso por sus ostiones de piedra y mariscos frescos. En lo personal, no me gustan, su textura aguada es desagradable, el olor se parece al basurero del mercado del mar en la 5 de diciembre y el sabor es intenso a mar, como el sorbo de la primer revolcada de una ola cuando está uno chamaco. Había manejado varias horas para encontrar ningún ostión de Tehua, en Tehua. Qué está pasando con el pequeño pueblo de una humilde capilla al borde de una loma sobre el caserío, ese rancho de playa con una decente oferta gastronómica basada en los productos que se extraen diario de su bahía. Qué pasa con Tehua y su fama ostionera sin ostiones.

Antiguamente llamado Embarcadero, el pueblo recibió su nuevo nombre por una combinación de palabras que tenían que ver con los productos que los barcos mercantes traían a la pequeña bahía que en aquel entonces contaba con un muelle de madera que al parecer aun recuerdan algunos de sus pobladores. Dejó de ser mercante y de paso para convertirse en turístico, en un pueblo de pescadores, cocineros y mesoneros. Personas felices y de bronceado perfecto, parejito hasta el calzón y por debajo de la rodilla, de pies descalzos y cabello requemado, parecen todos estar en una vacación interminable, sin mayor preocupación que la picazón del “torito”.

Fernando, un pescador nativo y lanchero me explicaba sobre el funcionamiento del pueblo mientras recorríamos la bahía. Langosta, pulpo, pescado de todo tipo, ostión, gorro, almeja margarita, entre otros serían el objetivo de los pescadores diariamente, productos del mar que terminarían en las cocinas de los comederos al borde de la playa de Tehuamixtle.

Playa de apariencia interminable, que invita a quedarte, donde podrías correr desnudo hasta desmayarte del cansancio antes de que alguien te encuentre bichi.

Comida de camarones a la diabla y al ajo que se bajan con una cerveza fría, vieiras frescas de la almeja margarita en salsa de aguachile y salsa mexicana. Tostada horneada con una pintada de mayonesa, callo encima y poca verdura, sal, limón y salsa huichol, levantas el brazo y el jugo se escurre hasta que llega al codo, muerdes y masticas, levantas la cara y observas la bahía virgen del poblado anfitrión, no hay ruido, hay sol y olas, pelícanos y gente relajada.

Junto al voladero del restaurante y de frente al muelle donde pescan los más jóvenes, un par de hamacas listas para reposar todo. El griterío de la nueva generación heredera de una tradición de explotación de los recursos y sustentabilidad, de aprendizaje empírico, de la práctica de la teoría que se ha escuchado en la merienda del hogar mientras se comparte con la familia, los descalzos, flacos y entusiastas menores arman un escándalo con un cardumen de sardinas que serían perfectas como carnada viva que alentaría la mordida del “torito” que llevarían pal caldo del día en la casa. Eso sin contar el prestigio frente al grupo por la mejor pesca del día.

De regreso, a sesenta y dos kilómetros de esta redacción se encuentra una humilde panadería, en la zona conocida como El Columpio, a dos kilómetros de la peligrosa curva de las monjas. La panadería improvisada al borde de la carretera cuenta con dos hornos de barro, al fondo el fuego de leña de Encino y Roble. Olegario y Elvira tienen allí su negocio de pan “casero”, a cinco pesos la pieza y con una variedad que retaría y destruiría mi memoria en dos patadas. Olegario sonríe mientras se tatema las pestañas y se ahúma la ropa cuidando el pan.

Tehuamixtle ha alcanzado el equilibrio que le permitirá sostenerse así durante unos años más, sin embargo, no está preparado para el crecimiento que merece la zona. Existe poca información del destino, no hay promoción, no hay interesados en ver crecer al municipio, es bello, auténtico, lejano y solitario. Tehua reta, invita.

Maneje lo que tenga que conducir para comer bien, disfrútelo y compártalo. Sonría.


Tags: Tehuamixtle

Publicado por yelapa @ 13:10
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